La Cocina de Serafina: Sombreritos para Unir a la Familia (Borrador final)



El aroma a tuco y albahaca fresca comenzaba a serpentear por la casa de Serafina, una abuela de manos enharinadas y corazón grande como una fuente de pasta. Desde su cálida cocina, epicentro de su universo, los destellos de sol que traspasaban la ventana traslúcida con efecto esmerilado se reflejaban en su jovial, pero aguerrido espíritu y la convertía en un mágico espacio donde Doña Sera planeaba su más reciente misión: reunir a su familia, dispersa por las rencillas y el ritmo frenético de la vida moderna. La buena excusa, como siempre, era la comida. Y el plato elegido, sus legendarios "sombreritos", una pasta rellena que, según ella, tenía el poder de curar cualquier mal.

Serafina sabía que la tarea no sería sencilla. Los frutos del amor le daban dolores de cabeza cada dos por tres, la sangre gringa les brotaba por los poros y la tanada era la expresión de grandes enojos de ceño fruncido que demoraban un largo tiempo en esfumarse. Su hijo del medio, Antonio, y el menor, Víctor Hugo, apenas se dirigían la palabra desde una discusión por la repentina muerte de su padre. En lo que respecta a Fortunata, la primogénita, se mantenía neutral para preservar los vínculos fraternales. Sus nietos, absorbidos por sus mundos digitales, parecían haber olvidado el placer de una sobremesa larga. Pero Serafina era una estratega paciente, y su campo de batalla era la cocina, donde desplegaba su cúmulo de saberes y experiencia.

Su cálida cocina al fragor de un brasero evidenciaba en la variedad de tamaños de las cacerolas que la comida casera tenía un protagonismo sin igual.  El palo de amasar, que medía como medio metro y era un tanto pesado por ser de madera maciza, constituía una pieza clave de una tradición arraigada que evocaba la imagen de la matriarca que cuenta con la virtud y responsabilidad de preservar y transmitir la cultura culinaria. Para Serafina este rodillo era como una prolongación de su cuerpo, un símbolo de transformación, creación, fuerza, perseverancia y conexión con la tradición.

El primer desafío se presentó con la masa. "¡Ay, esta harina de ahora no es como la de antes!", refunfuñó Serafina al sentir la masa pegajosa y rebelde bajo sus dedos. La humedad del ambiente conspiraba en su contra. Por un momento, la frustración amenazó con apoderarse de ella. Pensó en su difunto esposo, Siébola, quien siempre le decía: "Serafina, la pasta siente tus emociones. Amásala con amor y paciencia". Respiró hondo, añadió una pizca más de harina y con movimientos firmes además de amorosos, como si acunara a un recién nacido, trabajó la masa hasta que esta se rindió, transformándose en una bola lisa y elástica. Un tanto exhausta, con una gota que caía desde sus sienes, Serafina decidió tomarse un respiro antes de continuar con los pendientes. Se limpió las manos con un repasador, tomó la silla más cercana, se sentó cinco minutos y aprovechó a tomar unos mates amargos con carqueja. Al rato, la masa estaba lista y pudo continuar con la preparación. Le hincó los nudillos de sus venosas manos, la estiró y a continuación armó tiras que emulaban cintas, y debían medir poco más de un centímetro y medio. Casi como una experta en matemática, cortó las tiras en segmentos proporcionales y calculó, a ojo de buen cubero, si llegaría a la cantidad de sombreritos que tenía planificada. Fue tomando uno a uno cada recorte de masa, hincando su dedo pulgar humedecido en el centro del trocito maleable  para que tomara la forma en la que eran conocidos sus famosos y deliciosos fideos. 

Acto seguido, esta gringa corpulenta y de ojos celestes turquesa se detuvo delante de la mesa alargada, permaneció inmóvil durante unos minutos y se puso a repasar mentalmente  los ingredientes que precisaba para proseguir con sus preparativos. Si bien para sus 78 años se encontraba vital y con una memoria prodigiosa, Serafina presentía que algo faltaba. Repentinamente, un gorrión de melodioso trino que asomó al ventiluz y se posó en su florido jazmín, hizo que levantara la vista, se distrajera por unos segundos y olvidara repasar los elementos a utilizar. 

Con la masa reposando, se dedicó al relleno, una mezcla secreta de tres carnes, parmesano y un toque de nuez moscada. El sonido de las ollas y sartenes enlozadas  acompasaba el ritmo de la destreza de Serafina. Fue entonces cuando descubrió el segundo obstáculo: el queso parmesano que creía tener en la heladera no estaba. Un suspiro de fastidio se le escapó. Miró el reloj, el tiempo apremiaba. Su primera inclinación fue rendirse y usar un queso cualquiera. Pero no, los sombreritos merecían el sabor auténtico, el que su familia recordaba. Decidida, se secó las manos en el delantal y, con una agilidad que desmentía sus setenta y largos años, salió al patio trasero. Allí, su vecina y confidente, Carlotta, regaba sus malvones. "¡Carlotta, sálvame! ¿Un trozo de parmesano para una causa noble?", gritó por encima del erosionado tapial. Carlotta, con una sonrisa cómplice, no tardó en aparecer con una generosa cuña de queso. 

El tercer problema no fue de ingredientes ni de texturas, sino del corazón. Mientras estiraba la masa con el palote, la radio trajo una vieja canción italiana que la transportó a su infancia en Massa y Carrara. Recordó las risas en la cocina de su nonna, el calor del hogar. Y con la misma intensidad, la invadió la tristeza al pensar en el silencio que a veces reinaba en su propia familia. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y aterrizó en la masa. "Basta de tristezas", se dijo a sí misma con firmeza. "Esta pasta no llevará lágrimas, sino esperanza". Con renovada determinación, se concentró en la tarea de armar cada sombrerito, un pequeño acto de amor a la vez. 

Se hicieron las 12:00 h. Serafina comenzó a preocuparse porque estaban por llegar los comensales y ella no se había mudado de ropa para recibirlos. Decidió vestirse con un batón azul a lunares, abotonado adelante además de dos grandes bolsillos que confeccionó ella misma, pero que todavía no había estrenado. Después de tantos preparativos, Serafina no se quería perder el gran momento por nada del mundo: ver ingresar desde el portón que daba a calle Tucumán 4180, a cada uno de sus nietos y nietas.

Poco a poco, el hogar comenzó a estar más habitado. El corazón de Serafina rebosaba de una exultante alegría con solo imaginar que se acercaban hacia ella carcajadas repletas de dientes de leche para llenarla de besos.  Los pequeños, con mirada pícara, le advertían que esperaban la acostumbrada sorpresa: uno de los tantos caramelos que ella guardaba en los bolsillos de su vestido para el momento de recibirlos. 

Primero llegó Antonio, con el rostro tenso y la mirada esquiva. No obstante ello, lo primero que hizo fue darle un abrazo cálido y prolongado a su venerada madre. Luego apareció Víctor Hugo, con su aire de hombre ocupado y una disculpa a flor de labios por la tardanza. Fortunata también llegó demorada, casi media hora después, a causa de un percance doméstico. Los siete nietos, del más grande al más chico, se instalaron en el sofá con los juegos de mesa, permaneciendo ajenos a la atmósfera que se presentaba un tanto incómoda y cargada.

Serafina, con una sonrisa radiante como si nada pasara, extendió el mantel blanco bordado a crochet por sus propias manos y, a posterior, se abocó a elegir una vajilla con cinceles dorados que reservaba para ocasiones especiales. Acto seguido, dispuso la humeante fuente de sombreritos en el centro de la mesa. El aroma irresistible pareció obrar un milagro. Rápidamente todos eligieron un lugar en la mesa. Víctor Hugo y Antonio, sentados uno frente al otro, levantaron la vista y sus miradas, por primera vez en años, se encontraron sin hostilidad.

Tan solo un  bocado fue revelador. El sabor de la infancia, de los domingos en casa de la abuela, desarmó las defensas. "Están increíbles, mamá", murmuró Víctor Hugo; Fortunata y Antonio asintieron con una tímida sonrisa asomando en su rostro. Cada nieta y nieto, por su parte, competían por ver quién comía más, elogiando a su abuela entre bocado y bocado.

La conversación, al principio forzada, comenzó a fluir. Se habló del trabajo, de los estudios, de anécdotas triviales. Y entonces, Antonio, miró a su hermano y le dijo con la voz quebrada: "Víctor, sobre el fallecimiento de papá… quizás papá tenía que morir a los 50 años, no fue culpa nuestra que le sobreviniera un infarto porque nos demoramos jugando en llegar a casa para que él pudiera irse tranquilo a trabajar al ferrocarril con “su negrita". Por unos instantes reinó un absoluto silencio, incluso el ruido de los cubiertos se desvaneció. Víctor Hugo no pudo evitar agachar la cabeza envuelto en pensamientos que lo remontaron a un pasado doloroso que más bien era un legado actual.  Fortunata, con los ojos húmedos, incapaz de evitar su angustia, expresó: "Cuánto te extraño papá”. 

Serafina, desde la cabecera de la mesa, observaba la escena con el corazón repleto de emociones que se le presentaban sin pausa como un rotafolio de postales familiares que pasaba velozmente cual carrousel.  Los sombreritos habían cumplido su misión. No eran solo pasta; eran un puente entre generaciones, un recordatorio de que los lazos familiares, aunque a veces se tensen, pueden ser remendados con un poco de harina, amor y la magia de una comida compartida. La cocina de Serafina, una vez más, había sido el escenario de la unión familiar, demostrando que no hay distancia que un buen plato de pasta casera no pueda acortar.

Acceso al posteo en drive, aquí. 

Comentarios

Entrada más leída